miércoles, 5 de marzo de 2014

La Familia Viola

La Familia Viola




                                                 Calle Alta con el Castillo y la Imagen al fondo


La Codosera es un pueblo que, como la mayoría de los pueblos extremeños, a partir de los años sesenta sufrió una fuerte emigración, pasando de tener una población censada cercana a los 4.000 habitantes hasta quedarse en los 2.337 a finales del pasado 2013. Este fenómeno migratorio nos ha llevado a encontrarnos codoseranos  dispersos  en pueblos cercanos unos y por diferentes partes del territorio nacional los otros, aparte de los que traspasaron las fronteras y continúan viviendo en el extranjero.


                                   Vista aérea de La Codosera año 1974

Esta sangría humana comenzó a notarse, primero en el casco urbano, donde hubo calles en las cuales sus casas quedaron casi desiertas por la marcha de todos los miembros de cada familia, y después en  caseríos y casas de labor ubicadas junto a la tierra  de la que extraían los productos necesarios para el sustento de su familia, dándose el caso que, desde siempre, ha sido de los pocos pueblos extremeños que los residentes en la población se aproximan a los que viven dispersos por la campiña. Esta forma de vivir en la actualidad es ya otra, pues la mayoría viven en el casco urbano. 


                           Autobús de La Estellesa cargados de maletas.

Detrás de cada familias  hay historias muy interesantes, desconocidas para la mayoría de los paisanos. Con ellas nos llevamos sorpresas y a veces nos maravillamos del progreso y desarrollo de bienestar que en sus lugares de destino han alcanzado.

De la familia Viola, de la que vamos a hablar, por suerte, aún quedan en el pueblo algunos de sus miembros, por lo que continúan siendo muy conocidos. El relato que os cuento se ha publicado esta semana en el diario Extremadura.com y espero que os guste.


  


Puentes sobre el Gévora en el año 1933





“Jacinto Viola Fernándes se casó con Dominga Fernández . El era un portugués de la Freguesía de San Julián del concejo de Portalegre y se dedicaba a la agricultura, era hortelano, tenía ganado y residía en la parte alta de La Codosera, en Badajoz, sobre la frontera. El matrimonio trajo al mundo a tres hijos: Manuel Jacinto , Juan y Gregorio .


Aurora, Angel y su cuñada Francisca.

 Juan fue en vida todo un personaje: contrabandista de café, hombre especial de gran fuerza física, que sabía de todo y tenía una enorme personalidad. Vivía en la campiña de La Codosera y murió soltero porque, dicen, era una persona inteligente. Gregorio se dedicó más a las huertas, a la pequeña agricultura y al ganado. Este sí se casó, vivía en la parte de arriba de La Codosera y luego se trasladó a Alburquerque porque se dedicaba al arriendo de fincas agrícolas, fincas que arrendaba a cambio del pago de una renta y se ocupaba de la propiedad de las mismas durante un periodo aproximado de seis años. Se trataba de fincas grandes, con muchas hectáreas, mucho ganado y mucha labor.



Manuel Jacinto contrajo matrimonio con Francisca Cardoso Piris , que era natural de la campiña de La Codosera, hija de Manuel Cardoso Duarte y de Rosa Piris , que eran agricultores y que además de Francisca llegaron a tener hasta 11 hijos: María , Rosa , Juana , Teresa , Francisco , Simón... y así hasta completar los 11.




Manuel Jacinto y Francisca fueron padres de siete hijos: Juan , que murió muy pequeñito, Josefa , Francisco , Manolo , Angel , Aurora y Juancho . Josefa y Francisco nacen en La Codosera. Manolo, en Alburquerque. Angel y Aurora también en La Codosera porque coincide el tiempo de la guerra civil. Juancho vino al mundo en Alburquerque, en la zona conocida como Monte Oscuro.




En los Riscos se encuentra la embotelladora de aguas que lleva su nombre



Josefa, la mayor de la prole, era espléndida mujer, casada con Andrés Piris , agricultor, y residentes en Los Riscos, cerca de la frontera portuguesa, al sur de Alburquerque. Francisco se casó con Filomena , también se dedicaron a la agricultura y vivieron a caballo entre Alburquerque y La Codosera. Manolo contrajo matrimonio con Josefa , cuentan que era el más avispado de la familia, se asentaron en La Roca de la Sierra donde se dedicaron al comercio porque tenían tiendas relacionadas con el sector de la alimentación. Angel se casó con Francisca y se dedicaba al negocio de la agricultura y la ganadería. También vivían en La Codosera. Aurora se casó en Alburquerque con Carlos Trat , igualmente agricultor y ganadero.



Paisaje de la Raya

Juancho, el hijo que completa el círculo familiar, ya con 5 años hacía los trabajos propios de una explotación agrícola: segaba a mano de sol a sol y araba con yunta. Pasó todas las penalidades propias del campo, pero con la suerte de que en casa siempre había abundante comida y agasajo, chimenea donde se colgaba la matanza y un cuarto donde dormir. Fue, pues, la de Juancho una infancia en cortijos grandes en Monte Oscuro o La Galga de Alburquerque, con habitaciones para las niñas, habitaciones para los varones, habitación para los padres... un ambiente agradable, entrañable y feliz, serio y corporativo, bajo la autoridad de Manuel Jacinto, el patriarca, una persona con absoluta jerarquía que merecía ser respetado porque el respeto de todos se había ganado.

                                                                       Callejas de La Codosera

En las fincas siempre había un aperador, encargado de la labor, que era la voz cantante si el dueño se ausentaba. A medida que los hijos de Manuel Jacinto se hacían mayores iban teniendo también voz en aquella especie de consejo del que igualmente formaba parte Francisca, la matriarca, mujer de genio, salero y ojos azules que para no darse importancia siempre decía que sus ojos eran del color de las coles. Una mujer que, como todas las madres, quería mucho a su gente. Esa fue, en definitiva, la infancia de Juancho Viola: su patria, porque como decía Rilke , la patria de uno está en esos años de la infancia y lo demás es todo accesorio.


Caserío de la Raya. Casa Simona


Antes de cumplir los 18, Juancho se trasladó con sus padres a Alburquerque, donde estudió en el Instituto de Segunda Enseñanza, en un libre adoptado, con bendición de los curas. Por la ventana de aquel instituto divisaba Juancho el cielo de la Sierra de San Pedro, ese azul intenso como los cuadros de Pietro de la Francesca . Así que a veces a Juancho le daban ganas de saltar esa ventana, de volver a su antigua vida, pero los exámenes apremiaban y había que acudir a otro instituto de Badajoz, donde parte del jurado lo formaban algunos profesores de Alburquerque, que eran quienes lo examinaban.


Anochecer en La Codosera. Torre del Reloj

                                                                             
Pasó el tiempo, terminó el Bachillerato y ante sí quedaban dos opciones: o estudiar Magisterio, o estudiar Comercio. De manera que Juancho optó por lo segundo porque el hermano de un amigo suyo hizo como trabajo de final de carrera un anteproyecto para desarrollar una unidad de producción y de negocios. Y aquello le encantó a Juancho, que justo en 1º de carrera le llegó la edad de irse a la mili.



Caminando bajo la lluvia junto a la frontera


 Como sus hermanos Francisco, Manolo y Angel ya habían ido a filas y él, por ley, podía elegir cuerpo y lugar, escogió Badajoz, donde había una pequeña Unidad de Caballería. Lo malo fue que aquel año la transformaron en Brigada Blindada Hernán Cortés, número 2, con 2.000 soldados en el llamado Cuartel de la Bomba, de manera que no tardó en darse cuenta de que la mili era tal y como la pintaban: algo duro. 



Calleja


La parte buena también la hubo: encontró Juancho que existían unas unidades de complemento, cuyos miembros en lugar de portar charreteras rojas o verdes las llevaban blancas. Pronto descubrió Juancho que aquellos soldados formaban parte de los Cursos Regimentales de Complemento, que se hacían en la propia mili, así que Juancho acabó licenciándose de sargento de regimiento de complemento con charreteras blancas y grises 16 meses después, lo que le sirvió para evitar el curso de alférez en Montejaque, que hubiera alargado dos meses más el servicio militar.

                                                                 
Campo con cancilla


Cuando Juancho acabó la mili y la carrera empezó a trabajar en una fábrica de piensos compuestos en Trujillo. Con su primer sueldo y un crédito de la Caja de Ahorros de Plasencia se compró su primer coche, un 2 caballos que costaba 185.000 pesetas.


Noche de verano en La Codosera



Juancho se casó en Guadalupe con María Antonia Sofía Nevado de la Calle , una cordobesa de Cardeña, hija de Enrique y de Teresa (agricultores y ganaderos que tenían olivares), a la que conoció en Alburquerque porque un cuñado de ella trabajaba en la Junta de Energía Nuclear y había acudido a visitarlo.


Pareja de cigüeñas en La Codosera



En ese tiempo, Juancho comenzó a trabajar en Sopren SA, una empresa de tratamiento químico de la madera. La pareja se fue a vivir a Sierra de Fuentes. Allí Juanjo era feliz porque en parte regresó a su infancia, a un lugar donde podía tener gatos y perros.


Pradera de flores junto a las encinas.

Como Juancho tenía amigos en Portugal y conocía bien ese país, una noche durante una cena en casa de su amigo Alberto Ramoncinho , gobernador civil de Castelo Branco, a la que asistió Ramallo , presidente de la República, le propusieron seriamente que fuera cónsul de Portugal en Cáceres, algo que alegró profudamente a su padre porque alejaba a Juancho definitivamente de cualquier aspiración política.




Caminantes de La Raya

Y así lleva 32 años, como cónsul honorario. Hoy, es abuelo de una nieta: Inés , y padre de cuatro hijos: Guadalupe , abogada en Madrid; Manuel , arquitecto; Enrique , profesor de instituto en Ecija, y Luis María , ejecutivo de Galerías Lafayatte en París. Junto a su esposa reside en el número 3 de la plaza de las Veletas, donde también viven las monjitas de San Pablo o el gobernador militar. Y es feliz Juancho Viola con su familia, también con su perro, que se llama Bonifacio Calatrava y tiene 18 años. A Bonifacio lo llaman teckel en Madrid, porque aquí en Cáceres lo llamamos 'perrino' y algunos con mala sombra, 'salchicha', que eso ya no tiene gracia.


Folklore en La Codosera

Lo cierto es que Juancho está exento de vanidades, él es de piñón fijo y sus amigos continúan siendo exactamente los mismos, y sus recuerdos, exactamente los mismos, y su patria, exactamente la misma, porque su patria, como diría Rilke, es su infancia y todo lo demás es accesorio.