martes, 19 de febrero de 2013

TODO CAMBIA


                  Paisaje de La Codosera            
                   Hasta hace cuarenta años, La Codosera era un pueblo con sus calles empedradas unas y de tierra compactada otras. Sus plazas, ejidos y callejas, eran vías necesarias para el tránsito de personas y animales, sobre las que comenzaban a circular los primeros automóviles. Sus vecinos presumían de una estupenda fuente, de la que se abastecían, no solo ellos, si no el ganado vacuno y caballar de los que en aquellos años abundaban. Pero quizás de lo que se enorgullecían las amas de casas era de tener uno de los pueblos más blancos de Extremadura. Para lograrlo, era frecuente que en cada casa de vecino existiera un bidón o recipiente adecuado donde no faltaba la cal blanca ya preparada para encalar.

 

                  El objetivo de mantener las fachadas relucientes, no solo era la meta de cualquier mujer dueña de su casa, si no que, en determinadas fechas del año, antesala de ferias y fiestas populares, el alcalde, mediante un pregón, se encargaba de recordárselo, advirtiéndoles que aquellos propietarios que obviaran esta obligación, se les sancionaría.

 Edificio antiguo del Ayuntamiento

                  Con la llegada de la primavera, cuando llegaban los días soleados presagiando que la Semana Santa estaba cercana, comenzaban a pintarse las primeras casas. Se encalaban las paredes que daban al exterior de la vivienda, el interior, y las zonas anexas. Eran  días de mucho trabajo y por tanto había faena para rato, después de haber pasado aquellos inviernos fríos y lluviosos que hacían que el verdín saliese a flote en los parámetros donde el sol no llegaba.


                   Este tipo de faena, limpiar y blanquear a mano, utilizando cañas largas con un pincel atado en un extremo para llegar a los lugares más altos, daba trabajo a cantidad de obreros de ambos sexos. Las mujeres solían ser las que se llevaban la palma con el pincel y los hombres transportando las piedras traídas desde la mina de La Calera utilizando carros por el excesivo peso de los materiales. El negocio de la cal fue otro de los que prosperaron en aquellos años, donde se colocaban cuantos hombres lo deseaban. Solo se necesitaban ganas de trabajar, una bestia o un carro y salir a la carretera recorriendo los pueblos cercanos, donde seguro que,  las piedras de cal, se las compraban.


                                                 Calle Alta y Castillo

                         En aquellos años, La Codosera era la capital de la cal y por tanto, un pueblo que exportaba este valioso mineral, no podía tener una imagen de suciedad. Pero, un día llegó el fenómeno de la emigración, y las familias dejaron sus casas, muchas heredadas desde  varias generaciones atrás, y se marcharon a otros lugares, allí donde había un trabajo bien remunerado, unas protecciones sociales y un futuro mejor para sus hijos. Cerraron las puertas y quedaron la vivienda vacía de muebles y de vida. Hubo calles en las cuales se marcharon casi todos los vecinos, si no todos, algunos de sus miembros emigraron. Por poner un ejemplo, en la calle donde yo vivía y comenzando por la parte de la Fuente. Lo hicieron los hijos de María la Malaca, los de Leopoldo Lucio, los de Joaquín y Dolores, los Chancayos, los de Javier, los Barberos, los Olmos, la familia de Dolores Lucio, la de Agustín Costo, la de Angelita la Churrera y, en la esquina, la familia de la señora Paula Barroso. Me he saltado un casa, la de Maria Isabel Mero, y es porque, al fallecer la dueña, la vivienda se quedó vacía.


                            Las familias se fueron pero quizás, a diferencia de otros lugares donde se dieron las mismas condiciones migratorias, aquí las casas estuvieron cerradas poco tiempo. El tiempo que tardaron los propietarios en llegar a sus nuevos destinos, allá en las ciudades, y darse cuenta que era mejor comprarse una vivienda que pagar un alquiler.

 Calle Santa María

                            No hubo problemas para vender sus viejas propiedades. El progreso había traído el automóvil y también la construcción de carreteras alquitranadas, que los vecinos asentados en los extrarradios, recibieron con alegría. Los caseríos comenzaron a comunicarse con el pueblo y a comprobar que vivir en la ciudad era mejor que vivir en el campo, donde no había luz eléctrica, ni teléfono, ni farmacia, ni casi de nada y donde los hijos de aquellos que se habían quedado junto al terruño, podrían ir al colegio sin tener que caminar varios kilómetros cada día. Y comenzaron las ofertas. Los que vendían, que apremiaban, y los que compraban, que iban a banco a pedir los préstamos. Y hoy una, y mañana  dos, se fueron vendiendo todas.


                            Los del campo se vinieron a vivir al pueblo gracias, como ya hemos dicho, al automóvil, que en cuestión de minutos ponía a su furgoneta en su parcela cada día, donde podía atender al campo y a los animales y regresar cada noche a dormir con su familia. Y el pueblo fue cambiando. Se fueron los que hablaban castellano, los que conocían a Portugal solo de oídas, muchos ni siquiera habían ido a las fiestas de los pueblos de más allá de la Raya, y vinieron los otros, los nuevos propietarios, los que hablaban el portugués como primera lengua,  los que tenían sus primos y parientes de la Raya para allá, con sus costumbres y formas de vestir de otra manera.  Y mandaron a sus hijos a la escuela, hablando portugués hasta la misma puerta de las aulas, donde los profesores le exigieron que dejaran de hacerlo, que aquí se hablaba de otra manera y comenzó el mestizaje, de ideas y de gustos.

 Barrio de La Luz

                                Y las calles del pueblo comenzaron a cambiar. Muchas fachadas dejaron de ser blancas y aparecieron sobre ellas los ocres, los azules cobalto, los rojos.., mientras que el blanco se iba perdiendo. Y se perdieron también los empedrados de las calzadas para dejar paso al cemento, dicen que para que a los coches  no les fallaran los amortiguadores. Y, hoy una, y otra y otra, el cemento llegó a calles y plazas mientras que las piedras traídas de los ríos y colocadas cuidadosamente en el firme por los maestros expertos, dejaron de brillar cuando la lluvia lavaba su superficie. En las calles los charcos desaparecieron porque el cemento y el alquitrán se lo impedía y los niños dejaron de caminar con zancos y jugar a la picota porque ya no había tierra ni barrizales donde hacerlo y dejaron de salir solos a la calle, a unas calles que ya no eran todas blancas, eran y son  de otros colores.