jueves, 28 de febrero de 2013

EL MOCHILERO


      



Ruta conocida como El Camino de los Contrabandistas.

          La Codosera es un pueblo poco conocido por el resto de los extremeños pero que ultimamente son frecuentes las referencias y documentales aparecidos en los medios de comunicación, dedicados a esta población fronteriza,  al existir un interés generado por el público para acercarse a esta parte tan interesante del denominado territorio rayano. 
                          
             El último en emitirse ha sido esta semana en la que estamos,  donde  hemos podido verlo  en el programa Puerta a Puerta  del Canal Extremadura. 

         El espacio televisivo se fue desarrollando a base de entrevistas realizadas a  diferentes personas  relacionadas con el mundo de la música, la ecología, las tradiciones o la historia, como ha sido el caso Manolo Estrella, el primero que pudimos ver, que es un hombre por el cual la prensa, desde hace tiempo, siente un interés especial, ya que este señor ha  dedicado la mayor parte de su vida laboral al oficio de mochilero.  En la televión pudimos contemplar a un Manolo muy simpático, como es él, acompañado de su esposa, mostrándonos su hogar y  relatándonos sus aventuras de contrabandista. Todo cuanto respondió se refería a sus vivencias y aventuras donde no faltaban los momentos de alto riesgos, en el caso de  que fuesen descubiertos por la autoridad que vigilaba la frontera,  ante el temor que los guardias civiles disparasen y perdiesen la carga de café. Fue narrando las circunstancias difíciles tuvieron que soportar, ante las adversidades tempestivas y penosas, al tener que cruzar arroyos y ríos con el agua cubriéndolos hasta la cintura. Ante las cámaras, desveló que Estrella, por el cual es conocido popularmente, es un sobrenombre que heredó de su padre, a quién de pequeño, fue su abuela la que se lo puso de tanto repetirle que era un niño tan bonito como una estrella.



Caminantes en lo alto de la Sierra

          Os recomiendo que veáis el reportaje completo, que es muy interesante, donde además de Manuel intervienen los componentes del conjunto coral El Brezo, Javier, propietario de una huerta ecológica, Foro, un maestro en  hacer sillas con hondones de enea, Miguel, coleccionista de campanillos y enterrador, Daniel, acordeonista, Gracia Borrego, artesana del estaño, Justo, propietario del Molino del Duque, Constantina y Antonio, un matrimonio mixto rayano, Pepe, coleccionista y técnico en coches antiguos, Manolo, especialista en arreglar acordeones, Antonia, enamorada de la música española y portuguesa y, por último, un matrimonio de alemanes propietarios de una explotación de caballos dedicada a realizar rutas turísticas, llegando incluso, desde La Codosera hasta Nazaret, en Portugal.


Manolo "Estrella"


       Manolo Estrella, en este reportaje, solo traza algunas líneas importantes de lo que fue su actividad de joven cuando una y otra vez cruzaba la frontera, un oficio tan interesante y desconocido que bien merece que, en esta ocasión, le dediquemos nuestro tiempo para conocer porque se generó y como esta actividad, considerada por los gobiernos de entonces, ilegal.
       



Rios y arroyos que tenían que cruzar en mitad de la noche.


          El mochilero,  cuya actividad en la actualidad ya no existe , era una persona que viajaba con el saco a cuesta. Pero los mochileros a los cuales nos vamos a referir, más que viajar, corrían por el campo para ocultarse de los carabineros y guardias civiles  que los perseguían tratando de quitarles los artículos que llevaban dentro de la mochila, principalmente el café.
                                                                                                                                                                                                                                                                
        La historia del contrabando en estas tierras codoseranas es muy antigua y durante años para mucha gente  ha sido la manera primordial de ganarse la vida

            El contrabando ha existido siempre, pero en la frontera portuguesa comienza a desarrollarse con el nacimiento de la Raya a finales del siglo XIX, ya que anteriormente el tratado de Lisboa, por el que se reconocía la independencia de Portugal, otorgaba a los habitantes de los dos países la libre circulación de personas y mercancías. Con la firma del Tratado de Lindes en 1865, se fijó la línea fronteriza y nació la Raya, una barrera impuesta para los ciudadanos que vivían en ambos lados y que tuvieron que aceptar pero que no respetaron.

Atalaya en La Lamparona, un buen lugar para ver si el camino estaba despejado


            Los recelos de Portugal ante una invasión española, fueron la causa de que, hasta la entrada de ambos  países en la Unión Europea, no se firmara ningún acuerdo comercial entre ambos, por lo que, terminada la Guerra Civil española, ante el desabastecimiento de algunos productos de primera necesidad en nuestro país, los habitantes que vivían junto a la frontera se echaron al monte y montaron el negocio por su cuenta, principalmente el del café.

          Los portugueses conocían muy bien el negocio del café, ya que fueron ellos, junto con los holandeses, los primeros que se encargaron de expandirlo por el resto del mundo procedentes de sus colonias de África (Cabo Verde, Angola y Guinea), Brasil y la colonia de Timor en Asia. Los españoles nos habíamos aficionado al consumo, animados por una oferta creciente procedente de las que habían sido nuestras colonias americanas y africanas (Guinea Ecuatorial), incluso la demanda había llegado a las clases con menos poder adquisitivo, ya que tomar una taza era un placer y un acto social  si se realizaba  en compañía de otras personas.




Cerámica situada en la fachada de la fábrica de Café

fachada de la fábrica de café Caracolilho en Arronches.

            El negocio  del contrabando en la frontera fue compartido por españoles y portugueses, ya que ambos se beneficiaron. En la parte de allá se instalaron las industrias cafeteras, y aquí, en suelo español, existían los porteadores, conocedores del terreno. El café se tostaba y se envasaba en los pueblos cercanos a la frontera y, desde allí, valiéndose de los  mochileros-cargueros como piezas fundamentales, entraron en los circuitos de distribución y venta.   
        
            Las  fábricas o torrefactos,  estaban ubicadas en: Elvas, Campomaior, Arronches, La Esperanza, Valdecavalhos, Portalegre,  Alegrete y en el caserío de La Rabaça, junto a la Raya, con sus marcas de Camelho, Cubano, El Barco, La Palmera, La Estrella, El Toro, La Guapa  y El Caracolilho, figurando escrito en cada paquete la frase, torrado a la española, con la que  supieron captar el gusto español.


Contrabandista con el saco a la espalda.

            En esta historia del contrabando, el mochilero fue una figura fundamental, un hombre que formaba parte de una cuadrilla, y por tanto integrado en un equipo perfectamente organizado con los que mantenía relaciones diversas, de las cuales dependía, en gran medida, su integración dentro del entorno del pueblo y el sustento económico de muchas familias. Los mochileros eran personas sanas, fuertes, trabajadoras, audaces, conocedoras del terreno, amantes de la aventura y el riesgo y de condición humilde. A veces, alguno trabajaba en solitario por su cuenta, pero la mayoría  estaban a las órdenes de un jefe y cobrando una comisión o un tanto por su trabajo. Por el alto coste de cualquier pedido, necesitaron la confianza y el crédito de los fabricantes portugueses para saldarlos, cosa que solían hacer a la vuelta de cada viaje.

           Con la carga a las espaldas, los mochileros eran los encargados de pasar la frontera y llevar el café hasta un lugar establecido, donde les esperaban grupos de hombres, provistos de caballerías y furgonetas, que se hacían cargo del material. Las rutas por donde circulaba el contrabando se cambiaban frecuentemente.  El motivo no era otro que, los itinerarios tenían que ser necesariamente modificados como estrategia, ya que un chivatazo daba al traste con la operación. Otras veces, se decidía al salir, sobre la marcha, en función de la información que se tuviese de por donde habrían de estar los civiles. Para despistar a los agentes, al pasar la frontera, recurrían a su astucia, dando un largo rodeo hasta enfilar el camino elegido. Otras veces, al pasar por lugares donde dejaban huellas, lo hacían de espalda, reculando, intentando que, al marcar las suelas de sus zapatillas en la tierra, se confundieran.

Casa cuartel de la Guardia Civil


            El equipo estaba formado por un encargado, que podía ser la persona que corría con el coste económico de la carga,  y en otros casos, este mochilero era el hombre de máxima confianza de terceras personas, las cuales costeaban el dinero para la operación pero que no figuraban físicamente entre los porteadores. Otra figura  a destacar dentro del grupo era el guía. Esta persona tenía que reunir unas cualidades que no todos poseían. Lo primero, ser conocedor del terreno y de las rutas por donde habrían de pasar, caminar en solitario en posición adelantada sobre sus compañeros, tener un oído muy fino y un sexto sentido para darse cuenta del peligro que suponía ser descubiertos,  cuando la pareja de los carabineros los acechaban. 


         Había mochileros que llevaron el café hasta pueblos de la provincia de Cáceres,  por donde circulaba el tren de la línea Lisboa-Madrid. Los intermediarios los citaban en  estaciones  retiradas de la población, poco iluminadas,  y por las cuales pasaban los trenes en horas nocturnas, aunque apenas paraban porque no había viajeros a esas horas de la noche. El café lo tenían que cargar en los vagones donde iba el carbón y realizar la operación sin que la pareja de civiles, que viajaba en el tren, se dieran cuenta. Esperaban a que el tren arrancara, quedándose agazapados en la oscuridad, todos en hilera y junto a la vía. Los maquinistas, que también estaban en el negocio, en un lugar convenido aflojaban la marcha de la locomotora y, unas veces con un gancho de hierro y otras alargando simplemente el brazo, izaban las mochilas, escondiéndolas rapidamente entre el negro carbón. Además de  los maquinista,  en el negocio del café estaban, fogoneros, camareros, revisores y mozos, casi se podía decir que los trenes que circulaban en dirección a Madrid, procedentes de Portugal cruzando Extremadura, cuando llegaban a su destino iban cargados de café y los funcionarios, que vivían con sueldos muy bajos, cobraban el porcentaje correspondiente por hacer la vista gorda.

Teniente de la Guardia Civil con vecinos del pueblo.


            Ante el crecimiento del consumo de café portugués en España, la autoridades decidieron aumentar el control en el territorio fronterizo y para tal fin se construyeron las casetas de Guadalta, cerca de El Marco, y de Bacoco, en el otro extremo de la frontera.

            Hace poco tiempo, cuando se presentó el libro “Contrabando: La Vida en la Raya”, en las instalaciones de los apartamentos rurales de lo que fue el Cuartel de Bacoco, uno de los presentes era un guardia civil retirado, que vive en Badajoz, pero nacido en La Codosera, el cual había estado muchos años destinado en este cuartel. Este señor le contó a los presentes una experiencia vivida en sus días de servicio por estas tierras, al escuchar en uno de los bares de la zona, el comentario que cierto  contrabandista  había manifestado, jactándose que él pasaba de Portugal el café que quería y los guardias civiles no tenían agallas para cogerlo. Herido en su amor propio, pidió permiso a sus jefes, y como sabía el lugar donde vivía su hombre, le montó guardia. Eligió un buen olivo y un lugar donde subirse sin ser visto y pasó dos días enteros en este escondite. Estaba cerca del río y comentaba a los presentes lo divertido que había sido ver a las mujeres lavando la ropa en el arroyo, sin ser visto. Su constancia dio resultado y cogió infraganti a nuestro hombre sin que éste se diera cuenta siquiera que había sido espiado. Este guardia comentaba que lo que más le dolió es que menospreciara al Cuerpo en público y así se lo dijo cuando lo detuvo, quitándole el saco de café que llevaba a cuesta.

               Mochileros y guardias civiles siempre se llevaron bien y en ocasiones unos y otros se hacían favores, llegando a pactar, en algunas ocasiones, dejarse quitar alguna carga y en compensación ellos hacían la vista gorda en las siguientes.



Calleja de la Sierra, otra de las rutas frecuentada por los mochileros.

           El mochilero era una persona con bastante tiempo libre, con dinero efectivo en el bolsillo y, todo ello, sin tener un trabajo fijo, por cuanto, su condición del oficio al que se dedicaban, era conocida por los civiles. No obstante fueron buenos amigos y juntos era frecuente verlos jugando a las cartas o tomándose unos chatos de vino.