sábado, 16 de febrero de 2013

EL TIO PEQUENO



Paisaje de la Raya


             La libre circulación de personas entre los territorios de España y Portugal fue una de las cláusulas pactadas en el tratado de independencia de los segundos y, aunque en la práctica a través del tiempo, dichas normas no se respetaron, para los ciudadanos asentados en las zonas rayanas,  no hubo obstáculos ni impedimentos para circular y asentarse en aquellos lugares que, por vínculos familiares, por intereses económicos o de amistad, creyeron oportuno quedarse a vivir.  Y es precisamente en La Codosera donde ese fenómeno se encuentra más generalizado.

En el aspecto económico y hasta mediados del XIX, las reyertas en la zona de la raya eran frecuentes por la indefensión administrativa que tuvieron que sufrir sus habitantes al no existir jurisdicción sobre las propiedades de la franja fronteriza denominada tierra de nadie.  




Subidos en las rocas, en la frontera portuguesa.

La inexistencia de comunicaciones entre estos territorios para comunicarse con los núcleos urbanos mejor situados, fue otro de los factores que hizo que las personas que habitaban en caseríos perdidos en la distancia, se acostumbraran a arreglarse los problemas por su cuenta sin tener que recurrir a leyes, que para ellos no existían.

Entre aquellas personas que circulaban sin apenas documentación, puesto que hace de esto ya unos treinta años que falleció,  vivió en La Codosera un hombre algo fuera de lo común, y que por el nombre con el cual  fue conocido no hay lugar a duda que su procedencia era portuguesa, Tio Pequeno.





El Tío Pequeno, en el centro y con sombrero
              

                    Antiguamente en los pueblo, conocer a las gentes por sus apodos era una norma habitual y en algunos casos necesaria para poder localizarlas. Había apodos que se heredaban, otros eran y son referencias de  profesiones, algunos hirientes y molestos y los más, sin embargo, como no llevaban malas intenciones, eran asumidos por los titulares con agrado.  

                  El personaje del que les hablo, de nombre el señor José, era conocido por sus excentricidades, no se le conocía mujer y vivía en la ribera de Jola, en una casita situada en una finca de su propiedad, acompañado de una fiel asistenta que le cuidaba. Esta señora, además de cuidarle y realizar las tareas domésticas, trabajaba como un obrero más en las faenas agrícolas y cuidando el ganado, de sol a sol, como era preceptivo en aquellos duros años de los que hablamos. 

                 Nuestro hombre,  sin apenas saber leer ni escribir,  estaba dotado de una imaginación fuera de lo común a la hora de ejecutar sus ideas. Dionisio Nicolás, es uno de los vecinos del pueblo que lo trató en vida.  Hablando con él, nos comenta que lo conoció  en los años de pos guerra,  cuando de pequeño iba junto con otros muchachos a comprarle la corcha que luego llevaban de contrabando  a Portugal.

---Éramos un grupo de muchachos los que nos dedicábamos a pasar, cada uno como podía, la frontera hasta llegar a la ribera de Alegrete. Después  subíamos hasta  lo del Pirulito, un negociante de la Raya, que nos la compraba. Como nosotros, a la corcha iban muchos, así que el señor José esperaba a los clientes en su finca, donde tenía contratados algunos trabajadores. Uno de ellos era el encargado de pesarla, suponemos que porque era guardia civil retirado y le inspiraba mayor confianza. El guardia civil era de los muchos que se quedaban a vivir en el pueblo cuando pasaban a la reserva; éste, además de trabajar en la finca, era zapatero. A la corcha, aunque iba gente mayor, los más éramos  chavales, aunque también iban mocitas, casi niñas. Cada uno cargaba sobre sus espaldas  los kilos con los que se atrevía, y a la salida de la finca, guarnecido en una especie de cobertizo que tenía una ventanilla, nos esperaba el señor José para cobrarnos.

A simple vista, nada más verlo, se apreciaba que el señor José era un hombre rayano. Menudo y delgado,  de ojos pequeños y con gran mostacho,  curtida su piel, quemada por horas al sol, además de hablar con acento portugués y de usar el típico capote alentejano. Que era un hombre raro, se apreciaba nada más observar  su indumentaria.  Para sujetarse el pantalón utilizaba tres cinturones a distintas alturas de la cintura que tenían su explicación. Como padecía de una hernia inguinal y, a modo de braguero, de una tabla de madera  había hecho una pieza a medida para sujetársela  con un par de cinturones,  siendo el tercero  para apretarse los pantalones. 

Su casa no estaba lejos del pueblo, al que venía con frecuencia utilizando su vieja burra. También tenía un carro que usaba cuando la carga de traer o llevar era excesiva. Como le gustaba inventar,  en el taller de la fragua, donde trabajaba Dionisio, entraba cada vez.  Uno de los primeros encargos que le hizo al herrero fue el sombrero de lata  para no mojarse la cabeza cuando llovía. Como le fue bien, encargó algunos más para que los usaran sus trabajadores. Posteriormente, le encargó el carro que se lo hicieran con el mismo material, con el que, al llegar al pueblo alertaba a los vecinos por el ruido que las latas formaban y, para rizar el rizo, sustituyó las tejas de la casa por planchas metálicas, con lo que acabó con las goteras. Después del primer carro de lata encargó otro con una rueda mayor que la otra, con objeto de utilizarlo en su finca, donde el terreno tenía fuertes pendientes. El único problema que no pudo resolver, fue porque el carro tenía que girar sobre al cerro  en la misma dirección.

Fue un hombre muy formal, cumplidor de sus compromisos y amante de la disciplina. En uno de los viajes que hizo a Badajoz, en las calles próximas a la Plaza Alta, encontró una tienda donde vendían ropa usada de militares. Cuando salió de allí había comprado  uniformes completos para cada uno de sus empleados, entre los cuales había uno con galones de cabo, que se lo adjudicó al encargado, y a los demás los vistió de soldado raso.

Vistas de La Codosera y su entorno.

Un día que vino a la feria, al ver el carro de los helados, se quedó pensativo y propuso al feriante que se lo vendiera. Le compró carrito estrecho con cuatro ruedas, donde cabían dos garrafas, espacio que utilizó aquel año cuando sacó las patatas de la tierra, y el carrito,  al ser tan estrecho, cabía perfectamente por los surcos sin dañar a  las plantas.

Mientras que la mayoría de las gentes iban a buscar el agua a la fuente, a su casa llegaba sola.  Sin que nadie le asesorar, sin ayuda de nadie, instaló una serie de tuberías que, cruzando un terreno irregular de fuertes altibajos para que llegara el agua hasta su casa.

La vivienda tenía una única habitación donde repartidos por la estancia, están  los enseres imprescindibles para subsistir. En una esquina sobre una piedra  hacía la lumbre sobre la que apoyaba la trébede, sobre la que cocinaba. En el centro había un una mesa rodeada de algunas sillas y, más alejado, unos cuantos asientos de corchos, hechos a mano, que bordeaban el hogar.

De la misma manera, las camas eran originales. En una de la paredes había cavados dos huecos a media altura, uno para él y  el otro para la señora, especie de nichos  forrados de piedras de pizarra donde, ambos y por separado, dormían plácidamente.





Con los años se hizo mayor y su salud se vio mermada, por lo que,  sus problemas de movilidad le obligaron a tener  que abandonar su peculiar cueva  y comprarse una cama. Aún acostado en la cama le costaba incorporarse cada día, por lo qué, se pasó por la herrería y compró algunas carruchas o poleas que ancló en el techo de la habitación, por las que pasaba una cuerda resistente que utilizaba cada vez que tenía que levantarse.